Castillos de Arena

castillos de arenaLaura tiene diez años y un futuro incierto, quizás un pasado también. De ojos claros y piel oscura, tostada a fuego lento por el ardiente sol del Pacifico. Se pasa el día en la playa, recogiendo y seleccionando meticulosamente las caracolas que va encontrando a su paso pausado, ahogada por el sofocante calor que a medida que avanza la mañana se hace más insoportable.

Su cara angelical es un buen reclamo para los poco turistas que encuentra en su habitual camino, a los cuales poder vender su preciada mercancía. Sus padres y hermanos se dieron buena cuenta de ello, por lo que prematuramente la privaron de educación e infancia y la condenaron a una larga jornada laboral, que ella aceptó sin reproches. Resignada a colaborar activamente al sustento familiar, una responsabilidad que nunca le perteneció.

Laura pisa un día tras otro las marcas que dejaron sus pequeños pies en la arena y la subida de la marea no pudo borrar. Aunque pasa todo el tiempo en la playa nunca ha visto el mar, ni las olas, ni las sombras de los cocoteros, ni el cielo tiñéndose de rojo en los espectaculares atardeceres. Para ella este paraíso recóndito del mundo se limita en distinguir conchas de caracolas, grandes de pequeñas, ralladas de lisas, puntiagudas de redondas e imagina mil historias de los moluscos que alguna vez habitaron en su interior.

Como tantas otras jornadas Laura pasa a nuestro lado mostrando cansada el material que ha recogido con esmero, escondido dentro de un bote de plástico unido a una asa blanca y nos lo ofrece para que Ana y yo observemos por enésima vez el resultado de su trabajo.

Ana es alta, morena, de ojos oscuros y pelo largo. De cuerpo exuberante que luce con orgullo e intenta encabir en su diminuto bikini. Quizás podría ser modelo. Exhibir su cuerpo en una pasarela apuntada por ojos morbosos saliendo de sus órbitas controlando cada unos de sus pasos o deseo de masturbaciones adolescentes en sus lecturas a escondidas de las revistas de moda. Pero por suerte su pasión por los niños y el hecho de nunca haber abandonado una infancia que a fuerza del tiempo se empeña en retener la empujaron a estudiar magisterio y se convirtió en una de esas profesoras que aman con locura su trabajo y convierten su vida en un eterno patio de colegio.

Examinamos detenidamente cada una de las piezas que habitan dentro del cubo, con las que posteriormente confeccionar collares de todos los tamaños y colores. Regalo perfecto para que gringos puedan llevar de vuelta a casa. Presumir del exotismo de su viaje, ocultando su colaboración, sabiendo o sin saberlo; con el esclavismo de una pobre niña que continuará curtiendo sus pies en la arena hasta que sus ojos pierdan ese brillo de los que aún todavía no desean el mal.

Ana la coge con suavidad de la mano y la invita a sentase, a platicar y jugar un rato. Laura sabe perfectamente que aunque solo sea arena esta jugando con fuego, pero no puede resistir el deseo de lo prohibido. Sus hermanos están cerca, tan cerca que podrán ver que la pequeña Laura no esta cumpliendo con su trabajo.

De todas formas se deja llevar por ese sentimiento de felicidad que nunca antes había sentido y la hace olvidar por completo de todo lo que la rodea y siente por primera vez que vuelve a tener diez años.

En un momento y como obra del mejor arquitecto han construido un castillo de arena que se alza imponente sobre el mar. Una gran puerta marcada con fuerza utilizando un pequeño tronco de un viejo árbol cercano da la bienvenida e invita a entrar a quien quiera. Decoran las paredes con conchas, sus espirales forman figuras majestuosas que se entrelazan unas entre otras y el castillo va adquiriendo un aire imperial, convirtiéndolo en el más bello nunca visto. Las paredes blancas a rallas grisáceas reflejan el sol e iluminan todo el reinado, para que sus habitantes nunca les falte una luz a la que seguir.

Una gran bandera ondea en la cima, un pequeño trozo de caña le sirve de asta, que aguanta con firmeza una bolsa de papas que alguien botó con la intención de ensuciar este paraíso y ahora nos sirve de estandarte.

Un ejercito de cangrejos con su armadura de color rojizo al igual que la bandera bailan despreocupados a la vera del castillo, sus pies se mueven energicamente al son del ruido de las olas, que acompañan aplaudiendo con sus tenazas.

Algas, hojas que llegan a nosotros enviadas por el aire, ramas que el tiempo a traído a la orilla y nuestras sandalias decoran un gran jardín exterior que sirve de entrada a sus visitantes.

En el castillo de arena de Laura sus habitantes siempre están de fiesta, y se prohíbe estar triste, y los dragones no tienen mazmorra sino grandes y lujosas habitaciones, y el fuego de sus entrañas les protege de las malas almas.

En uno de los balcones asoma la cabeza una bella princesa, que extiende su larga y rubia cabellera por la ladera del castillo. Espera impaciente el día en que un apuesto caballero llegue montado en un gran caballo blanco y suba escalando cada una de las conchas hasta llegar a cogerle la mano y; Una gran mano coge con fuerza el débil brazo de Laura que en un segundo ve como se desvanece el castillo, los dragones que lo protegen y cangrejos bailarines, la bella princesa y el apuesto caballero. Su verde jardín se marchita, y la caña ya no puede aguantar más la bolsa de papas, y su estandarte desaparece con el viento.

Laura es presa del miedo, su hermano la amenaza y la arrastra dejando un reguero continuo en la arena. Los gritos y reproches de Ana, no sirven para detener al hermano, que a su corta edad ya ejerce de inquisidor, imponiendo su fuerza, dueño de vidas que nadie puso en sus manos.

La pequeña Laura se aleja mirando lo que en algún momento fue su paraíso, y sin derramar ninguna lágrima sueña el día en el que existan muchos más castillos de arena.

 

Escrito por: No road to home.

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