Rubén Darío. Crónica de una muerte anunciada

Rubén DaríoRubén Dario, al regresar a su patria el 28 de noviembre 1915 después de sus constantes viajes que le habían mantenido distante de la tierra que el tanto amaba, volvió hacia nosotros enfermo. Sus ojos reflejaban en lo íntimo de su corazón el presentimiento de su muerte.
Un replique solemne de las campanas de la basílica Catedral, se encarga de anunciarnos su llegada a León. La noticia nos toma por sorpresa y corremos hacia la estación, que en pocos momentos se llena de una multitud entusiasta. El tren se detiene en el andén y baja el maestro Rubén dirigiendose a el pueblo: “Queridos leoneses; si la vez pasada os dije hasta luego, ahora os digo para siempre”.
Recordamos como si fuera ayer que el Dr. Luis Henry Debayle dijo a la concurrencia; que Dario, por su enfermedad, tendría que irse en coche a pesar de sus deseos de ir con el pueblo. La multitud agitada por el regreso de tan esperada persona, grita; “que desenganchen los caballos, nosotros tiraremos”. Y allí va Dario en su carruaje tirado por corceles humanos.
Ya en casa de Don Francisco Castro, Dario habla nuevamente; “siempre viviréis en mi corazón, si vivo aquí en la vida y sino en la eternidad”. Fueron unas palabras colmadas de entera verdad y poesía verdadera.
Los días transcurrieron para todos nosotros, entre alternativas de vida y muerte, hasta que llego el día menos esperado. El 6 de Febrero de 1916 a las diez y cuarto de la noche, muere Dario llenando de infinita tristeza a todo un pueblo enamorado de sus versos.
El gobierno anticipandose tristemente a su muerte, había encargado al ebanista Jose Felix Cuebas la construcción del féretro de Rubén. El caprichoso destino decidió que el poeta falleciera antes que se terminara el trabajo, por ello, Félix tuvo que entregar para el descanso del artista otro ataúd en el que estaba trabajando destinado a una exposición de los Estados Unidos, finamente fabricado de caoba color nogal que lucía unas águilas en marque negro.
La solemne misa tuvo lugar el sábado 12 de febrero siendo esta de tal magnificencia, que en León no se recordaba una ceremonia igual desde los funerales de la Reina Isabel de Farnecio. El maestro de ceremonia fue el santo padre Mariano Dubón, una verdadera autoridad encabezando tan histórico acto.
Muy tristemente recuerdo con lagrimas en mis ojos el cadáver expuesto en la amplia nave de la catedral, donde Dario siendo niño lo ungieron con el óleo de los creyentes. A las doce del medio día con el sol enfurecido terminó la misa. A las 4 y media con el sol caiente, como despidiendo a tan grande persona fue de regreso a la universidad.
Ya en la universidad, colocamoFunera de Rubén Daríos el cadáver en el jardín de Minerva envuelto en un sudario de seda, al sexto día de su muerte, con el rostro descubierto con su corona de laureles en la frente.
Recuerdo que todo León lucia un elegante alumbrado de lamparas las cuales fueron encendida a las 2 pm. La inmensa muchedumbre se aglomeraba cerca de la universidad esperando dar el ultimo adiós a la persona que había endulzado sus oídos con tan hermosos escritos. Las calles estaban regadas y cubiertas de flores como un jardín en primavera. De Pueblo Nuevo había llegado un tren con 5,000 cogollos de palmas, las cuales nos eran distribuidas para que todos enarboláramos en señal de triunfo y fuese un desfile que en lugar de triste, fuera una exaltación gloriosa.
Llegó el atardecer y la multitud se despedía con fervor de Dario. Al caer la noche y exactamente a las 7, un séquito de hombres hizo la entrada del difunto a la catedral observado por 20,000 almas que aunque sabían que él viviría por siempre a través de sus escritos, decidieron acompañar sus restos mortales hasta que fueron depositados bajo la estatua de San Pedro.

Fue un placer, amigo.
Crónica: Ivan Piqué
Fuente: Museo y archivo Rubén Darío

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