Ese loco alemán

Nació sin hacer ruido, nadie vino al hospital a regalarle juguetes, zapatos tamaño maní, ropa para muñecas de trapo, ni ramos de flores para mi. Es más ni yo misma me di cuenta de su nacimiento.
No pintamos ninguna habitación en color pastel, ni hicimos un bautizo en el que darle nombre.
Pasamos su lactancia sin saber de su existencia, no le escuchaba, pero él crecía lentamente, sin pausa y se convertía poco a poco en una parte importante de mi.
Fue en su niñez cuando empezó, como cualquier niño a hacer travesuras, las primeras sin maldad, tampoco se las atribuimos, ni le castigamos. Se divertía escondiendo cualquier objeto que minutos antes yo había depositado en su ubicación habitual, se reía y volvía a esconderlo.
No le di cuenta de ello a nadie, quizás por vergüenza o porque no quería creer lo que estaba ocurriendo.
Descontento con el caso omiso al cual lo tenia, decidió alzar la voz, gritar dejándose la voz, llorar hasta secar sus lágrimas, revolcarse, berrinchear en cualquier rincón para que al menos le pudiera regañar y así sentirse contento por la atención recibida. Empezó a portarse realmente mal, me hizo desconfiar de todo el mundo, especialmente de mi familia. Los convirtió en demonios que entre el fuego andaban sigilosamente para agarrarme y tirarme violentamente a las garras del diablo para que este me degollara como el carnicero lo hace con el chancho.
Para protegerme guarde todas mis pertenencias en lugares donde no pudieran encontrarlas.
Y allí decidimos ponerle nombre. Fue un acto austero. Una habitación pequeña, blanca, limpia, perfectamente iluminada por un fluorescente. Dentro, me encontraba con mi hija y el maestro de ceremonias. Un hombre de mediana edad, con una bata que le llegaba a los tobillos, impoluta, al cual todos escuchábamos con atención las palabras que lentamente hacían vibrar sus cuerdas vocales.
Era serio, por su posado de hombre altivo y la manera en como le prestábamos atención deberia ser muy respetable. Yo no entendía nada.
Él le puso el nombre, que ahora no puedo recordar, pero a partir de aquel día paso a ser “ese loco alemán” y todos tuvimos consciencia de su existencia, la cual no fue muy bien recibida.
Desde entonces todo fue a peor. El control familiar a la que estaba sometida lo enfurismaron. Cada vez escondía más cosas, me creaba más miedo. Convirtió el mundo en una gran trampa, en la cual podría caer en el momento menos pensado.
Creció y creció y así llego a la adolescencia, la edad más complicada para un niño, y él no fue de los buenos. La mala compañía que todas la madres no desean para su hijo.
A parte de cambiar los objetos de sitio, aprendió a cambiar los nombres de las personas, y luego a cambiar sus historias. Mi hermana se convirtió en mi abuela, mi nieta en mi prima, y así pasando por quien conociera.
Cambió las ciudades, las horas del día, los meses y los años. Ese loco alemán fue modificando a su antojo cuanto me rodeaba.
En su juventud me sometió por completo, era fuerte, con carácter, temperamental, nervioso, todo un caballo desbocado.
Detuvo el tiempo, me transporto en otra época, los olores, las costumbres, el ruido de el gentío al salir de misa los domingos, todo volvió a ser como mi niñez en el pueblo.
Dejo de existir el pasado, el futuro y el presente se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos.
Me retuvo entre lapices de colores y libretas de dibujo, sometida a trabajar en tan divertida tarea, mientas los minutos se iban consumiendo e intentábamos retardar su crecimiento a base de pastillas y documentales de animales.
Ese loco alemán no se encamino a una buena vida, de joven conflictivo paso a ser una maleante, delincuente de poca monta, borracho y agresivo. Consiguió separarme de mis familiares, aunque yo no me diera ni cuenta, ya que sus rostros cambiaban constantemente.
Se coló en mi cuerpo, como en tantos otros asuntos lo hizo sin permiso, detuvo momentaneamente mi corazón en un par de ocasiones y alteró la fuerza de mis músculos.
Su vida y mi vida se convirtieron en una desde el día en que nació, asumo que nunca más se va a separar de quien le vio cre-cer, quien sabe cuantos planes habrá hecho para mí, cuanto le falta por divertirse.
En todos nosotros puede nacer un loco alemán que llegue sigilosamente y en poco tiempo nos cambie la vida. En algunos crecerá más rápidamente, en otros nunca llegará el momento del parto, pero en todos espera al acecho.

Relato: No road to home
Ilustración: Oscar Cabezas 

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