La puta del Rey

Ve despacio- le dijo exhalando mientras se sentía penetrada, y notaba como se rompía su niñez. El dolor y el placer se entremezclaban para no poderse distinguir el uno del otro.
Se levanto de un salto, se subió los calzoncillos que llevaba por los tobillos y se fue con la misma desfachatez con la que había entrado.
Amaralda se quedo tumbada, exhausta, con las piernas abiertas y un reguero de sangre que teñía la nueva colcha de su madre. Fijo la mirada en un punto, que empezó a moverse y a cambiar de color, hasta que se le cerraron los ojos. Sellados a conciencia por las lágrimas y el vacío que le había quedado.
La dulce niña de papá, el prestigioso diplomático por la gracia de dios. De educación envidiable en colegios de monjas, seminaristas y curas de sotana corta. Con un cultura como pocas chicas poseían para aquellos tiempos.
Pasaba su vida entre cocteles, ceremonias presidenciales, recepciones y cenas con los más altos mandatarios. Un circulo de falsedad y mentiras, de falsas apariencias y mediocridad escondida bajo el oro de sus collares.
Amaralda no pudo más que acostumbrarse a lucirse en vestidos de gala, a saludar con la mano flagida y estar siempre dispuesta a sonreír.
Fue una noche de verano cuando lo conoció. Era como todos los demás asistentes en aquella cena. La diferencia es que allí mandaba él. Resulta que era el rey de cuyo país si que me acuerdo, pero por motivos de seguridad prefiero ocultarlo. Da igual, podría ser de cualquier país, se podía distinguir a quilómetros la cara de anormal fruto del incesto perpetrado durante años por sus antecesores.
La princesita a ojos de todos que se convirtió en puta. En puta de abrazos rotos, de besos robados y habitaciones oscuras. En la puta del rey.
Cuando el monarca viajaba a su país, lo que cada vez hizo con más frecuencia a partir de aquella noche, la invitaba en grandes hoteles de lujo, donde la discreción era primordial.
Le convenció para obtener una casa donde sus encuentros fueran para el soberano, un poco más amorosos, a sabiendas de que nunca lo serian, daba igual, el dinero no era el problema. El trabajo, aunque asqueroso era bien recompensado, no hacia falta hacer gran cosa, ni siquiera hablar, el rey se encontraba muy limitado en las distancias cortas, sin su asesor al lado recitándole los vocablos que debía unir para formar una frase coherente.
Aparte el monarca sufría de una disfunción eréctil severa, y por si no fuera poco de enanismo falico, por lo que Amaralda solo tenia que fingir, chillar cuando tocaba y aguantar su boca babosa relamiendole los senos.
Supo combinar muy bien sus dos vidas, para sus allegados era la mujer perfecta, la que dirigía desde la sombra una empresa de la cual ni conocía su funcionamiento. Con el monarca, la que siempre accedía a toda cuanta perversión le hubiera pasado por la cabeza al señor en su tiempo de ausencia.
Al fin renunció al maquillaje y las operaciones de estética que el susodicho financiaba, para que este este buscara carne más fresca.
Relato: No road to home
Ilustración: Oscar Cabezas

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