Revelación del pasado – parte II

Sostuvo la fotografía con las manos temblorosas, en ella, se podía distinguir perfectamente su rostro al lado de el de un chico joven.

Tardó un rato en reaccionar para empezar a pensar con claridad. Revisó una por una cada fotografía que se iba revelando, en todas estaba ella junto a ese chico y su mente se trasladó 25 años atrás, y entró de pleno en la escena, en el corazón de aquella joven e inocente Elisa, los olores, los sabores, las manos, los besos, exacto, todo parecía tan real como si los años no hubieran pasado.

Las fotos eran del verano de 1992, uno de los mejores de su vida. Ella estaba muy enamorada de Luís, como se podía ver en cada fotografía, un chico inteligente i divertido de Chinandega que vino a estudiar a León.

Juntos se fueron todo el verano en la casa que los padres de Elisa tenían en el Sauce.

A Luís le encantaba la fotografía, con los pocos ahorros que pudo hacer ayudando a su padre en el campo, se había comprado una cámara. Él le había enseñado todo lo que sabía a Elisa, y recordó que durante ese verano fue la gran diversión de los dos. Seguramente fue en ese momento, con nostalgia pensó Elisa, que la fotografía se convirtió en su gran pasión.

Elisa se recostó en el pequeño taburete de la improvisada sala de revelado. Lloró y lloró, no podia calcular cuantas horas llevaba encerrada en la habitación.

Un sentimiento de impotencia se había apoderado de ella, los recuerdos le pesaban demasiado, y ahora 25 años después, los errores que había cometido a lo largo de su vida le consumían.

Después de aquel maravilloso verano en el Sauce, Elisa y Luís volvieron a León para empezar el nuevo curso, el ultimo de su carrera.

Pero la fuerza de lo que sentía por él se fue desvaneciendo, tenia ganas de conocer nuevas cosas, tener nuevas experiencias. Después de uño y medio de noviazgo se sentía atrapada e incluso cansada, así que a pesar del amor y el cariño que sentía por él tuvo que cortar la relación.

Luís, y quizás ella tampoco, no lo pudo entender, se querían y la pasaban bien juntos, es por eso que Luís se regresó al año siguiente a Chinandega.

Elisa dudó durante años de su decisión, hasta que apareció Andrés con el que creyó encontrar lo que buscaba cuando dejó a Luís. Con él tuvieron a Marta, lo mejor sin duda que le ha pasado en su vida, pero la relación fue cada vez a pero. Andrés cambió y Elisa ya no tuvo ni las fuerzas, ni la opción de dejarlo.

La joven decidida y con las cosas claras había mermado y condenado su vida a la miseria. Nunca lo mostró delante de él y menos delante de su hija, aunque era más que evidente.

Elisa no comentó nada a Marta sobre lo que contenía el carrete. Estuvo dos días que ni siquiera hablaba con su familia, estaba ausente, no se podía creer todavía lo sucedido, su cabeza no paraba de dar vueltas.

No fue hasta dos semanas después que Elisa disimuladamente sacó el tema a Marta, le preguntó donde había comprado la cámara, y quién se la había vendido. Marta se acordaba perfectamente de la tienda de antigüedades. Era pequeña y arrebozada de artilugios, muchos de los cuales podían parecer inútiles. La tienda estaba decorada en madera, y se respiraba un aire muy especial. El dueño era un hombre mayor, de unos 70 años, con barba blanca y los dientes amarillos, es lo que más pudo destacar.

La verdad que es que la descripción que Marta le había dado con todo tipo de detalles, no encajaban con lo que su madre quería conseguir. El dueño de la tienda era imposible que fuese Luís, era mucho mayor, era imposible llegar a él, seguramente la cámara ha dado vueltas por todo el mundo, hasta ir a parar en la tienda de Nueva York.

Pero luego Marta añadió, sin darle mucha importancia, que el viejito de la tienda de antigüedades, le había comentado, que la cámara perteneció a un chico de mediana edad nicaragüense que aveces se daba una vuelta por la tienda, él hacia tiempo que vivía en Nueva York, según le comentó era una hombre con la mirada triste, un fotógrafo de barrio, sus fotografías tenían sensibilidad y pasión, pero todas representaba la tristeza de su gente.

Ese era él, pensó Elisa, tenia toda la información que podía tener, ahora solo dependía de ella, viajar a Nueva York para verle. Recuperar lo que un tiempo atrás renunció, y que tantas veces se arrepintió o continuar con su vida vacía.

7 de la mañana el aeropuerto Augusto Cesar Sandino reposa tranquilo e impasible, Elisa nerviosa reposa en una incomoda silla de metal.

 

Relato: No road to home

Foto: Archivo

 
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